LA GENTE NO LEE
“Nosotros pondremos en grandes letras,
¡Lea usted , señor, Verso y prosa!”
Federico García Lorca.
EL PORCENTAJE DE LECTORES ASIDUOS ES IRRISORIO
La excusa es que, hoy, nadie tiene tiempo de nada. Más bien podría creerse lo contrario: con las ayudas mecánicas de que disponemos, regidas casi siempre por el supremo principio de la prisa, lo lógico sería contar, al cabo de la jornada, con un buen saldo de tiempo libre. Vamos y venimos con una rapidez sin precedentes: el coche, el avión, el ascensor, el teléfono, el ordenador, una gran cantidad de chismes útiles, nos hacen ganar tiempo. Pero lo cierto es que, en general, todo el mundo coincide en la queja: no hay tiempo para nada. Por ejemplo, para leer. Nuestras muchedumbres urbanas leen poco. No sólo las de aquí, sino la de todas partes. Las empresas dedicadas a indagar eso que llamamos opinión pública suelen proporcionar datos elocuentes. En la misma Francia, donde la literatura pasa por ser la fiesta nacional, el porcentaje de lectores asiduos es insignificante... “No tenemos tiempo”, dicen. Y los industriales toman cartas en el asunto, y ofrecen soluciones confortables. Se brinda al cliente un material comprimido y esquemático, que puede leerse en un momento. Lo que originariamente fue un montón de páginas se convierte en resumen pragmático, corto, elemental. Las publicaciones por fascículos, de texto breve y mucha ilustración, constituyen una variante del sistema. Los recursos audiovisuales -el cine, y sobre todo, la tele- pretenden sustituir a la palabra impresa, y, según sus forofos, con ventaja. Las técnicas de la lectura rápida añaden una nueva oportunidad.
Todo eso, desde luego, suele estar bastante mal visto en los círculos de la alta cultura. Se considera que, por este camino, se nos echa encima una verdadera catástrofe intelectual, ya que los procedimientos en cuestión, por su misma entidad, degradan la transmisión de la cultura. Lo cual, en definitiva, es muy exacto.
Proporcionalmente, hoy, el número de lectores -y lectores en serio- es mayor que nunca. Pero seguimos estando lejos del ideal idílico que la Ilustración y su liberalismo pusieron en boga. La humanidad no podía convertirse en humanidad lectora, unánime y compacta, en un nivel homogéneo de la noche a la mañana. Lo poco que se ha avanzado por esta dirección aún es digno de euforia. Sólo que no es suficiente. Lamentémoslo, de entrada. Lamentemos que la lectura regular y reposada, palabra a palabra, no sea de dominio general. Por falta de gusto, de hábito de ocasión, y el gusto, el hábito y la ocasión pueden ser socialmente propiciados, la gente no lee. No es que se deje de leer: simplemente todavía no lee. El matiz es importante, a mi entender.
Todavía no leen ni siquiera los universitarios. Una noticia reciente, nos informa lo que está ocurriendo en nuestras universidades. “La mitad de los estudiantes llegan a la universidad sin saber leer ni escribir correctamente...” La alfabetización urgente y administrativa no puede ir más allá de una nociones de deletreo y de caligrafía. Eso no supone la integración en el beneficio de la lectura. La ciudadanía sabe leer y escribir, pero practica escasamente sus conocimientos... Las cifras de apariencia astronómica de algún best-seller nos encandilan. La verdad es que no representan grandes progresos, si las contrastamos con las tiradas de libros en el XVI o en el XVII, y los números incluyen el aumento demográfico y la penetración pedagógica... Hoy se lee, aproximadamente lo mismo que hace quinientos años, cuando Gutemberg se puso a la tarea. O poco más. Se lee -entiéndase leer como Dios manda- como entonces. El factor tiempo será discutible, pero no lo es todo. Y es que, como dijo el poeta: “Siempre me echabas achaques / para no leerme; / lo que es tiempo / te sobraba / te faltaba voluntad”.
Francisco Arias Solis
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1 de marzo: Día del móvil apagado
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Gracias.

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